Inicio 9 Enciclopedia 9 «Locura»

Las distintas consideraciones filosóficas del término “locura”, aun cuando discuten entre sí o se contradicen, coinciden en marcar su carácter puramente negativo. No es sencillo definirla haciendo referencia a sus características intrínsecas, ya que es siempre entendida y percibida a partir de su contraste con la razón. En palabras de Foucault, la locura es “la ausencia de razón, pero ausencia que toma forma de positividad, en una casi-conformidad, en una similitud engañosa, que sin embargo no llega a engañar. […] El loco, por lo tanto, no puede ser loco para sí mismo, sino solamente a los ojos de un de un tercero, que, tan sólo él, puede distinguir de la razón misma el ejercicio de la razón” (2017: 291) La locura, de esta forma, se encuentra permanentemente alejada de la verdad y siempre ligada al error y al sueño en un lenguaje donde el delirio como experiencia le es constitutiva. 

Foucault, en el centro de su proyecto, pretende deshacerse de cualquier abordaje positivista para poder restituir a la sinrazón las dimensiones que le son propias. Derrida señala que el trabajo de este último no ha logrado su objetivo porque cualquier intento de establecer una historia de la sinrazón depende de una articulación discursiva que, para su materialización, depende de los andamiajes propios de la racionalidad: “¿No será la arqueología del silencio el recomienzo más eficaz, más sutil, la repetición, en el sentido más irreductiblemente ambiguo de la palabra, de la acción perpetrada contra la locura, y eso justamente en el momento mismo en que se lo denuncia?” (Derrida, 1989: 53). En tal sentido, es posible observar que los intentos filosóficos y teóricos de definirla corren el riesgo de caer en la trampa racionalista, científica y positivista que ocasionalmente intentan evitar.

En su Elogio a la locura, por otro lado, Erasmo de Rotterdam caracteriza al término enfrentándolo a las ideas racionales, pero aun así bajo términos favorables: en el texto, la locura o stultitia es quien toma la palabra y se presenta como una benefactora de la raza humana. Si bien se admite que existe un tipo de locura terrible y cruel, la stultitia se considera “otro género (de demencia)” que “acontece cuando cierto jocundo extravío mental libera al alma de ansias y preocupaciones, al tiempo que torna a sumergirla en un placer múltiple” (Erasmo de Rotterdam, 2007: 67-68). De ese modo, aquellos que se guían únicamente por la razón se convierten en seres sufrientes, dado que la naturaleza humana permite solo una cantidad limitada de razón frente al desborde de pasiones que caracteriza a la locura. 

La posibilidad de entender a la locura como un término opuesto a la razón se plantea durante la Ilustración a partir de Descartes, quien en sus Meditaciones metafísicas establece en el sujeto pensante la imposibilidad de estar loco. La locura, en este punto, se establece opuesta al pensamiento y a la posibilidad de acceder a la verdad. Esta experiencia, presente a partir del siglo XVII, es muy distinta de la del Medioevo, cuando todavía la locura y la figura del loco servían como medios dialécticos para acceder a la verdad de las cosas. De acuerdo con Erasmo, la locura es la única fuente de las verdades del mundo. La stultitia reconoce su poder de sinceridad frente a la posibilidad de plantear la verdad que suele insinuarse inherente a la razón. Mientras que la figura del loco siempre dirá la verdad, el sabio tiene “dos lenguas […]: con una dicen la verdad y con la otra lo que juzgan oportuno para la ocasión” (Erasmo de Rotterdam, 2007: 65). Es así como, a lo largo de la historia, se presentan dos variantes opuestas respecto de la relación entre la locura y el acceso a la verdad.

Durante el Renacimiento también se consolida el internado como institución que funciona como un preludio a la experiencia contemporánea del manicomio. Las personas que, por distintos motivos, sean consideradas locas quedarán excluidas y separadas a partir de este período en un espacio específico. Esta práctica de encierro, extendida a lo largo de toda Europa, permite que el discurso médico de los siglos XVII y XVIII, que no definía a la sinrazón más que por su contraposición a la razón, pueda asignarle a la locura una cara visible. Identificar al loco permite dotar de positividad a la negatividad que es propia de la locura, en tanto que otorga una delimitación empírica y observable a un término que hasta ese período es todavía pura ausencia. Sin embargo, en esta práctica de exclusión no son aislados simplemente quienes sufren de alguna patología psicológica o mental, más bien la práctica del internado incluye dentro de sus paredes, entre otros, a los vagabundos y/o a las personas que se niegan a trabajar. Para Foucault, la simultaneidad de sujetos tan diversos, junto a la consideración de la locura en esa época, en la que está estaría presente no solo en la cabeza o en los nervios sino a lo largo de todo el organismo, permite notar que la categoría está fundada, entre otras cosas, en principios éticos y morales que se extenderán hasta el siglo XIX. 

En la literatura norteamericana, el tópico ocupa un lugar central desde sus inicios. Así, en los orígenes del gótico norteamericano, la literatura de Charles Brockden Brown presenta una preocupación central en torno a la locura en los comienzos del siglo XIX. El villano de Wieland (1798), quien durante el transcurso de la novela se presenta como un ser racional que representa el nuevo tipo de hombre y sociedad al que la nación aspira, enloquece a causa de un engaño constante de sus sentidos e intenta asesinar a su familia. En la novelística del autor aparece, de ese modo, una preocupación en torno a las posibilidades de la formación de una nueva sociedad alejada de la sinrazón y violencia europeas, en las que el proyecto iluminista no habría prosperado del todo (Fiedler: 1960; Crow: 2009). En la narrativa breve de Edgar Allan Poe, escritor central de esta tradición nacional, el tropo aparece de forma recurrente con la particularidad de que el loco ya no aparece simplemente como una figura con un rol antagónico, sino que es quien narra la historia desde un punto de vista no fiable que dificulta poder llegar a la verdad. Así, en los comienzo de textos como “El corazón delator” o “El gato negro”, los narradores afirman enfática y explícitamente no estar locos y sus relatos, que en principio están originados para demostrar su cordura, terminan por ser confesiones de un crimen. En estos casos, la locura aparece relacionada a la falta de moral de los personajes, pues su entrada en la sinrazón está ligada con el acto de llevar adelante una acción que reconocen como malvada y que, aun así, deciden concretar. 

Ya en el siglo XX, autores como Faulkner o Vonnegut comienzan a abordar la locura desde una nueva perspectiva. La locura ya no se asocia de manera exclusiva con la literatura gótica ni se plantea como una ausencia de moral de parte de los personajes, sino que se complejiza y vincula a cuestiones patológicas identificables, pero también como medio de denuncia social. En Matadero 5 (1969), por ejemplo, la patología del personaje principal se vincula a los horrores de la guerra y la posguerra, tanto en el plano de lo individual como en una sociedad cuyos modos de percibir y narrar se ven claramente fragmentados. Aquello que antes se entendía por locura, entonces, deja de ser un tópico asociado a la maldad: comienzan a advertirse sus diferentes matices, se exploran sus posibles causas y se lo utiliza además para abordar nuevos procedimientos narrativos, los cuales son productos directos de los cambios en la configuración social propios de la época.

Al mismo tiempo, puede verse en ciertas obras literarias producidas por mujeres una alteración del tópico clásico de la madwoman (la loca). En la literatura de autoras norteamericanas como Charlotte Perkins Gilman, Shirley Jackson y Sylvia Plath se observa una inflexión en la que, de forma similar a Poe, es la mujer loca o histérica quien pasa a narrar el relato o en quien, por lo menos, se detiene la focalización de las narraciones. En novelas como Hangsaman (1951), La maldición de Hill House (1959) o La campana de cristal (1963), la mujer fuera de sus cabales no representa simplemente a un sujeto alejado de la verdad o ligado a la maldad de forma intrínseca, sino que es una figura que devela la serie de operaciones simbólicas y políticas mediante las cuales la posibilidad de una inserción autónoma de las mujeres en los Estados Unidos se presenta como imposible. La loca, en este caso, deja entonces de ser un sujeto delirante para pasar a convertirse en una figura capaz de encarnar en su propio cuerpo un tipo de represión constitutiva y no explícita. Una vez más, la locura se convierte en vehículo de denuncia social.


Bibliografía

Foucault, M. (2017). Historia de la locura en la época clásica I. Fondo de Cultura Económica.

Derrida, J. (1989). La escritura y la diferencia. Editorial Anthropos.

Erasmo de Rotterdam. (2007). Elogio de la locura. Ediciones Colihue.