Inicio 9 Enciclopedia 9 «Lo anormal»

Una primera aproximación al concepto de anormal tiene que ver con aquello que no es lo que debería ser o lo que se espera que sea. Puede parecer que esta afirmación emana de criterios moralistas. No obstante, alude al hecho fundamental de que lo anormal es, en líneas generales, una cuestión normativa. Es así como Foucault (2007) hace su análisis sobre lo anormal a partir del surgimiento de los poderes de normalización: el judicial, el pedagógico y el científico —en especial, el campo de la psicología—. Este análisis, si bien es específico de Foucault, permite comenzar a delimitar una noción que en sí misma está cargada de subjetividad y que es difícil de definir en términos absolutos. De manera que, en principio, lo anormal surge del contraste; es aquello que llama la atención porque no encaja en un determinado sistema de categorías o porque no se puede clasificar.

Desde esta perspectiva, es posible identificar otros conceptos que se relacionan con lo anormal en la medida en que remiten a lo inclasificable: la mezcla, el cruce, la superposición, el límite. Estos conceptos designan zonas grises, en donde se producen fenómenos que no pertenecen a ningún campo en particular o parecen pertenecer a más de uno en simultáneo. En este sentido, lo anormal está estrechamente vinculado con lo ambivalente. Fisher, en su caracterización de lo raro, destaca la noción “entre” como un elemento clave (2018; 36): en la literatura, se expresa en elementos como puertas, portales, umbrales, que, cuando ocupan un lugar central, remiten al “contacto entre mundos inconmensurables” (35). Lo raro, y se podría afirmar lo anormal, ocurre en ese cruce.

Ahora bien, este cruce de elementos que produce lo raro o lo anormal genera, como dice Fisher, la sensación de algo erróneo. El autor señala que “lo raro es un indicio de que los conceptos y marcos que hemos empleado anteriormente se han quedado obsoletos” (15). Por eso, el problema de lo anormal pertenece al ámbito de la percepción del sujeto y no es una cualidad intrínseca del objeto. Es así como lo anormal tiene el efecto de captar la atención. Como afirma Fisher en su análisis de la obra de Lovecraft, la fascinación “es intrínseca al concepto de lo raro en sí” (21). Lo anormal, entonces, desafía nuestros sistemas de conocimiento, en la medida en que “si tal entidad u objeto está aquí, las categorías que hasta ahora nos han servido para dar sentido al mundo dejan de ser válidas” (19). Y si bien lo raro o lo anormal no necesariamente implican lo terrorífico, acaso la evidencia de que no conocemos lo que creíamos conocer en alguna medida siempre resulta aterradora -en especial, cuanto más lo anormal sacude los cimientos sobre los que apoyamos nuestras conceptualizaciones-.

Foucault analiza el concepto moderno de anormalidad desde los sistemas de normalización, uno de los cuales constituye, precisamente, el conocimiento. Para rastrear los orígenes de dicho concepto, el autor recupera tres figuras que reconoce como antecedentes de lo anormal, tal y como fue construido en el siglo XIX: el monstruo humano, el individuo a corregir y el onanista. Estas tres figuras nos permiten abordar lo anormal específicamente referido a lo humano, que tiene un elemento diferencial que es el eje del análisis de Foucault: la acción de disciplinar. En efecto, si bien la cuestión normativa atraviesa la noción de anormalidad de manera amplia, cuando nos referimos a la anormalidad humana aparecen las instituciones de normalización, diseñadas para reprimir, castigar, corregir, aislar o hasta exterminar cualquier desviación de la norma. Estas instituciones, dice Foucault, se asientan sobre tres sistemas de poder: el jurídico, el científico y de conocimiento y el pedagógico.

Las figuras que identifica Foucault como antecedentes del anormal tienen que ver con las instituciones de normalización en la medida en que estas están orientadas a los problemas específicos que presentan cada una de aquellas. En primer lugar, el monstruo humano es una figura esencialmente jurídica: “lo que define al monstruo es el hecho de que, en su existencia misma y su forma, no solo es violación de las leyes de la sociedad, sino también de las leyes de la naturaleza” (2007, 61). De manera que la transgresión es constitutiva del monstruo humano y por lo tanto no es susceptible de recibir ninguna forma de disciplina. Foucault cita el caso de dos hermanos siameses, uno de los cuales había cometido un crimen. Pero el poder judicial no lograba decidir si ejecutar la sentencia de muerte sobre ese cuerpo, porque ejecutar al culpable implicaba matar al inocente, mientras que dejar vivir al inocente implicaba no ejercer ningún castigo sobre el culpable. Así, el monstruo humano remite a la idea del límite: su existencia está por fuera de las instituciones, y por lo tanto, pone en evidencia sus limitaciones. Por esto, dice Foucault, “lo que constituye la fuerza y la capacidad de inquietud del monstruo es que, a la vez que viola la ley, la deja sin voz” (62). El poder jurídico no es capaz de disciplinar ni de corregir; las únicas respuestas posibles, entonces, son el confinamiento o el aniquilamiento.

Las otras dos figuras que identifica Foucault son más recientes y, a diferencia del monstruo, ya entran en el ámbito de lo cotidiano. En el caso del individuo a corregir, su anormalidad se circunscribe dentro del marco de las instituciones típicas de la sociedad en la edad clásica: la escuela, la iglesia, el taller, el barrio. El individuo a corregir es, esencialmente, el que está en conflicto con las instituciones, el inadaptado. Es, de alguna manera, el individuo problemático que aún opera dentro de las instituciones a las que desafía, y como tal, debe ser “encarrilado”. A esta figura le corresponden el castigo y la corrección, a través de la escuela, o incluso la reclusión. Finalmente, el onanista o masturbador es una figura ya propiamente decimonónica cuyo ámbito es aún más reducido: el cuerpo, el círculo familiar estrecho -en esencia, el ámbito de lo privado-. Nace al calor de la medicina y sobre todo de las disciplinas que estudian las patologías psíquicas. En esta figura converge “todo el arsenal de enfermedades corporales, enfermedades nerviosas, enfermedades psíquicas” (64) que desde el final del siglo XVIII los médicos atribuirán de manera general a una desviación sexual. A este individuo le corresponden las instituciones médicas, en especial aquellas dedicadas a tratar y recluir la locura.

Pero antes de las caracterizaciones anteriores, hay un trasfondo que Foucault no aborda en su obra y que tiene que ver con las motivaciones detrás de los procesos de normalización. Federici aporta un análisis centrado en los elementos estructurales sobre los que descansan los criterios de normalidad y anormalidad históricamente anclados en los inicios del capitalismo. La autora describe el “disciplinamiento del cuerpo” de Foucault como “un intento por parte del Estado y de la Iglesia para transformar las fuerzas del individuo en fuerza de trabajo” (2004, 179). De manera que, en principio, desde esta perspectiva la anormalidad está determinada por la capacidad productiva de los individuos.

Bajo la lógica capitalista, la fuerza de trabajo es la única mercancía de que dispone la clase trabajadora. A partir de la expropiación de las tierras comunes en Europa y la consolidación del capitalismo, los campesinos, artesanos y trabajadores expropiados perdieron sus derechos sobre el uso de la tierra y se convirtieron en proletarios. Pero, como señala Federici, la masa de trabajadores desposeídos no aceptó pasivamente transitar hacia una nueva condición de asalariados. “La mayor parte de las veces, se convirtieron en mendigos, vagabundos o criminales” (183). A partir de estos sujetos disidentes, algunos de los cuales aparecen en la obra de Foucault en la forma de locos, deformes y asesinos, surgieron los poderes de normalización, en la medida en que el sistema de acumulación y propiedad privada emergente necesitaba de “formas de comportamiento uniformes y predecibles” (191). 

Por otro lado, a partir de la concepción cartesiana del cuerpo-máquina, que estableció la separación tajante entre cuerpo y mente, se constituyó la idea de que la única finalidad del cuerpo, entendido en su dimensión exclusivamente material, eran la producción y el trabajo. Bajo esta lógica, entonces, el humano anormal es aquel que no es capaz de realizar esa finalidad. El racionalismo le dio un sentido ontológico a la concepción del cuerpo-máquina y resignificó la vieja dicotomía entre razón y pasión a la luz de la disciplina que exigía el capitalismo emergente. En palabras de Federici, “el curso de la racionalización científica estaba íntimamente ligado al intento, por parte del Estado, de imponer su control sobre una fuerza de trabajo que no estaba dispuesta a colaborar” (200). Comportamientos como la disciplina, el autocontrol, el dominio de uno mismo fueron idealizados frente a los considerados “humores enfermos” que se atribuían al proletariado: el ocio, la vagancia, la borrachera, la incontinencia (200).

De manera que el anormal, desde esta perspectiva, es sobre todo un insubordinado. A partir de la consolidación del sistema capitalista, la normalidad fue dictada por la realización de la capacidad productiva del individuo devenido en proletario, que debía asumir pasivamente su rol único como fuerza de trabajo. Dice el Diccionario de la Real Academia Española que anormal es aquel que “accidentalmente se halla fuera de su natural estado o de las condiciones que le son inherentes”. El análisis de Federici expone las condiciones históricas que dieron lugar a la idea de que la condición inherente al cuerpo es el trabajo y las formas en que los sistemas de normalización persiguen, señalan y castigan a los individuos que no se ajustan a dicha condición.


Bibliografía

Federici, S. 2004. Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de Sueños, Madrid. Trad. de Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza.

Fisher, M. 2018. Lo raro y lo espeluznante. Apha Decay. Trad. de Núria Molines.

Foucault, M. 2007. Los anormales. Curso en el Collège de France (1974-1975). Fondo de Cultura Económica, Argentina.