
I
Jacques Courbé era un romántico1. Medía apenas setenta centímetros desde la suela de sus diminutos pies hasta la punta de la coronilla, pero había veces, cuando entraba a la pista cabalgando su gallardo corcel, St. Eustache2, en las que se sentía un heroico caballero de antaño listo a luchar por su dama.
¿Qué importa que St. Eustache no fuese un gallardo corcel salvo en la imaginación de su dueño, y de hecho ni siquiera un poni, sino un gran perro de raza indescriptible, con el hocico largo y las orejas erguidas de un lobo3? ¿Qué importa que la entrada de M.4 Courbé fuese invariablemente celebrada con gritos de risa burlona y bombardeos de cáscaras de banana y de naranja? ¿Qué importa que no tuviese una dama y que sus hazañas se restringieran austeramente a la imitación de los jinetes a pelo5 que lo precedían? ¿Qué importaba todo eso para ese hombre minúsculo que vivía en sus sueños y que resueltamente había cerrado sus ojos cual botones de zapato ante la gris realidad de la vida?
El enano no tenía amigos entre los demás fenómenos del Circo Copo6. Ellos lo consideraban malhumorado y egocéntrico, y él los despreciaba por aceptar las cosas tal como eran. La imaginación era la armadura que lo protegía de las miradas curiosas de un mundo cruel y boquiabierto, del punzante aguijón del ridículo, de los bombardeos de cáscaras de banana y de naranja. Sin ella, se habría marchitado hasta morir. ¿Pero y esos otros? ¡Ah, no tenían más armadura que sus gruesos pellejos! La puerta que daba al reino de la imaginación estaba cerrada bajo llave para ellos, y aunque no deseaban abrirla, aunque no deseaban saber lo que había tras ella, sentían rencor y desconfianza ante cualquiera que poseyera la llave.
Entonces, tras muchas actuaciones humillantes en la pista, que sólo sus sueños hacían agradables, sucedió que el amor entró en la carpa del circo y llamó imperiosamente a M. Jacques Courbé. En un instante, el enano se encontró engullido por un mar de brava y tumultuosa pasión.
Mlle.7 Jeanne Marie era una osada jinete a pelo. El minúsculo corazón de M. Jacques Courbé se detuvo al verla aquella primera velada en la pista, con una brillante actuación sobre el ancho lomo de Safo8, su vieja yegua. Era una amazona rubia y alta, con unos ojos redondos y color azul claro que no revelaban chispa alguna de su avara alma de campesina, labios y mejillas de rojo encendido, grandes dientes blancos que continuamente destellaban en una sonrisa, y manos que, al doblarlas, eran casi del tamaño de la cabeza del enano.
Su compañero de actuación era Simon Lafleur9, el Romeo del circo: un joven moreno y hercúleo, de penetrantes ojos negros y un cabello engominado que relucía como el lomo de Solón, la foca amaestrada. M. Jacques Courbé se enamoró de Mlle. Jeanne Marie desde esa primera función. Todo su cuerpecito se estremecía de anhelo por ella. Los exuberantes encantos de esa mujer, tan generosamente revelados por mallas y lentejuelas, lo hacían sonrojar y bajar la mirada. La confianza permitida a Simon Lafleur, los contactos acrobáticos corporales de los dos artistas, hacían hervir la sangre del enano. Montado en St. Eustache, esperando su turno en la entrada, rechinaba los dientes con rabia impotente al ver a Simon dando vueltas y vueltas en la pista, orgullosamente de pie sobre el lomo de Safo y sosteniendo a Mlle. Jeanne Marie en un abrazo extasiado, mientras ella levantaba hacia el cielo una pierna bien torneada y revestida.
–¡Ah, el muy perro! –murmuraba M. Jacques Courbé–. ¡Un día voy a poner a ese grandulón mozo de cuadra en su lugar! Ma foi10, ¡cuántos cachetazos voy a darle!
St. Eustache no compartía la admiración de su amo por Mlle. Jeanne Marie. Desde el principio había evidenciado una franca aversión por ella mediante sordos gruñidos y una feroz exhibición de su largos, afilados colmillos. Para el enano era un pobre consuelo que St. Eustache mostrara signos aún más claros de cólera cuando se le acercaba Simon Lafleur. A M. Jacques Courbé lo apenaba que su gallardo corcel, su único amigo, su compañero de cama, no amara y admirara a la espléndida gigantona que cada noche se jugaba la vida ante el anonadado populacho. A menudo, cuando estaban solos, le recriminaba a St. Eustache sus malos modales.
–¡Ah, can endemoniado! –gritaba el enano–. ¿Por qué siempre tienes que gruñir y mostrar esos feos dientes cuando la adorable Jeanne Marie se digna a notar tu presencia? ¿Es que no tienes sentimientos bajo tu duro pellejo? ¡Perro pulguiento, ella es un ángel, y tú le ruges! ¿No recuerdas cómo te encontré, un cachorrito hambriento en una alcantarilla de París? ¡Y ahora tienes que amenazar la mano de mi princesa! ¡Así que esta es tu gratitud, grandísimo puerco peludo!
M. Jacques Courbé tenía un solo pariente vivo: no un enano como él, sino un hombre de buena figura, un próspero granjero que vivía en las afueras de la ciudad de Roubaix11. El viejo Courbé nunca se había casado, por lo que un día, cuando lo encontraron muerto de un infarto, su pequeño sobrino –por quien, hay que confesar, el granjero siempre había sentido una instintiva aversión– resultó heredero de una holgada propiedad. Cuando se enteró de la noticia, el enano rodeó con ambos brazos el peludo cuello de St. Eustache y gritó:
–¡Ah, ya podemos retirarnos, casarnos y sentar cabeza, viejo amigo! ¡Valgo varias veces mi peso en oro!
Esa noche, mientras Mlle. Jeanne Marie se cambiaba su llamativa indumentaria después de la función, se oyó un ligero golpeteo en la puerta.
–¡Entra! –exclamó, creyendo que se trataba de Simon Lafleur, quien le había prometido llevarla al Signo del Jabalí a tomar una copa de vino para quitarse el aserrín de la garganta–. ¡Entra, mon chéri12!
La puerta se abrió lentamente, y entró M. Jacques Courbé, muy orgulloso y erguido, vistiendo sedas y encajes propios de un cortesano, y con una pequeña espada de empuñadura dorada balanceándose en la cadera. Se acercó, con sus ojos de botones de zapato relucientes al contemplar los encantos más que parcialmente expuestos de su robusta dama. Se acercó a menos de un metro de donde ella estaba sentada e, hincando una rodilla, posó sus labios sobre el pie de la mujer, calzado con roja zapatilla de bailarina.
–¡Oh, la más hermosa y valiente dama! –exclamó con una voz tan estridente como un alfiler frotado contra el vidrio de una ventana–, ¿no habrás de apiadarte del desgraciado Jacques Courbé? ¡Está hambriento de tus sonrisas, y famélico de tus labios! ¡Da vueltas toda la noche en su lecho y sueña con Jeanne Marie!
–¿Por qué esta actuación, mi bravo amiguito? –preguntó ella, inclinándose con la sonrisa de una ogresa–. ¿Te ha enviado Simon Lafleur para burlarse de mí?
–¡Que la peste negra se lleve a Simon! –exclamó el enano, sus ojos lanzando chispas azules–. No estoy actuando. Es absolutamente cierto que la amo, mademoiselle, que quiero hacerla mi dama. Y ahora que poseo una fortuna, ahora que…– Se calló de repente, y su cara cobró la forma de una manzana marchita–. ¿Qué pasa, mademoiselle? –dijo con el grave zumbido de un abejorro a punto de picar–. ¿Se ríe de mi amor? Le advierto, mademoiselle: ¡no se ría de Jacques Courbé!
El florido y amplio rostro de Mlle. Jeanne Marie se había puesto púrpura por contener la risa.
Las comisuras de sus labios se estrujaron. Era todo cuanto podía hacer para no estallar en carcajadas.
¡Caramba, el ridículo y pequeño maniquí iba en serio con su cortejo! ¡Ese galán en edición de bolsillo le proponía matrimonio! ¡Él, esa astilla de hombre, quería convertirla en su esposa! ¡Pero si ella podía llevarlo al hombro como a un mono tití amaestrado!
¡Qué buena broma! ¡Colosal, de esas que hacen crujir el los corsés! Y cuando le contara a Simon Lafleur… Casi podía verlo ya echando atrás la lustrosa cabeza, abriendo la boca de par en par, y estremeciéndose en una risa muda. Pero ella no debía reírse; no ahora. Primero tenía que escuchar cuanto el enano quería decirle, extraer toda la dulzura de ese bombón lleno de humor antes de aplastarlo bajo el tacón del ridículo.
–No me río –logró decir–. Me ha tomado por sorpresa. Nunca pensé, nunca hubiera imaginado…
–Está bien, mademoiselle –la interrumpió el enano–. No soporto la risa. En la pista me pagan por hacer reír, pero los demás pagan para reírse de mí. ¡Siempre hago que la gente pague para reírse de mí!
–¿Pero entiendo bien, M. Courbé? ¿Me está proponiendo un matrimonio honrado?
El enano puso una mano sobre su corazón y se inclinó.
–Sí, mademoiselle: un matrimonio honrado, y los medios para no pasar hambre. Hace una semana murió mi tío y me dejó una gran propiedad. Tendremos un sirviente que atienda nuestras necesidades, un caballo y un carruaje, comida y vino de lo mejor, y tiempo libre para divertirnos. ¿Y usted? ¡Caramba, será una fina dama! ¡Vestiré ese hermoso y gran cuerpo suyo con sedas y encajes! ¡Será tan feliz, mademoiselle, que no cabrá en sí!13
La oscura sangre retrocedió lentamente de las henchidas mejillas de Mlle. Jeanne Marie, sus labios ya no se fruncían en las comisuras, sus ojos se habían entrecerrado levemente. Llevaba años montando a pelo, y estaba cansada. La vida de circo había perdido todo atractivo. Amaba al apuesto Simon Lafleur, pero sabía que ese Romeo con malla jamás se casaría con una chica sin dote.
Las palabras del enano habían tejido un rico tapiz en su mente. Se veía a sí misma como una dama orgullosa, gobernando una finca rural, y recibiendo más tarde a Simon Lafleur con todos esos lujos que él tanto anhelaba. Simon estaría encantado de casarse y así poseer la hacienda. ¡Estos pigmeos14 eran muy poca cosa! ¡Morían jóvenes! No haría nada para acelerar el fin de Jacques Courbé. No: sería la amabilidad en persona para el pobre hombrecito. Por otro lado, sin embargo, no perdería su belleza guardando luto por él.
–No le faltará nada cuanto desee mientras me ame, mademoiselle –prosiguió el enano–. ¿Qué responde?
Mlle. Jeanne Marie se inclinó y, con un solo movimiento de sus fuertes brazos, alzó a M. Jacques Courbé y lo colocó sobre sus rodillas. Por un instante de éxtasis lo sostuvo así, como si fuera una gran muñeca francesa, con su diminuta espada coquetamente erguida hacia atrás. Luego le plantó en la mejilla un beso enorme, que cubrió todo su rostro desde la barbilla hasta la frente.
–¡Soy suya! –murmuró, estrechándolo contra su amplio pecho–. ¡Lo he amado desde el principio, M. Jacques Courbé!
II
La boda de Mlle. Jeanne Marie se celebró en la ciudad de Roubaix, donde el Circo Copo se había establecido temporalmente. Tras la ceremonia, se ofreció un banquete en una de las carpas, al que asistió toda una galaxia de celebridades.
El novio, con su oscura carita exaltada por la alegría y el vino, estaba sentado en la cabecera de la mesa. Su barbilla apenas asomaba por encima del mantel, por lo que su cabeza parecía una gran naranja que se hubiera caído de la frutera. Justo bajo sus pies colgantes, St. Eustache que más de una vez había manifestado con profundos gruñidos su rechazo de los acontecimientos, mordisqueaba un hueso lanzando ocasionalmente rápidas y astutas miradas a las piernas regordetas de su nueva ama. Papá Copo estaba a la derecha del enano, con su gran rostro redondo tan rojo y benévolo como la luna llena de la época de cosecha. A su lado se sentaba Griffo, el chico jirafa, cubierto de lunares y con un cuello tan extenso que miraba desde arriba a todos los demás, incluyendo a M. Hercule Hippo, el gigante15. El resto de la compañía incluía a Mlle. Lupa, poseedora de unos filosos dientes blancos increíblemente largos y que gruñía cuando intentaba hablar; el pesado M. Jejongle, que insistía en hacer malabares con la fruta, los platos y los cuchillos, por más que todo el grupo estaba más que harto de sus trucos; Mme.16 Samson, con sus crías de boa constrictora amaestradas en torno a su cuello y echando tímidas miradas alrededor, cada una sobre una oreja; Simon Lafleur, y una veintena más de personas17.
El jinete a pelo18 se había reído en silencio y casi de continuo desde que Jeanne Marie le había contado de su compromiso. Ahora se sentaba junto a ella, con una malla color carmesí. Tenía el pelo negro cepillado hacia atrás desde la frente y cubierto con tanta gomina que reflejaba las luces del techo, como un casco bruñido. Cada tanto acababa una copa rebosante de borgoña, codeaba a la novia en las costillas, y echaba su lustrosa cabeza hacia atrás en otro mudo ataque de risa.
–¿Seguro que no vas a olvidarme, Simon? –susurró ella–. Puede que pase un tiempo antes de que consiga el dinero del monito19.
–¿Olvidarte, Jeanne? –murmuró él–. ¡Nunca, por todos los demonios que bailan en el champán! Esperaré con la paciencia de Job hasta que le hayas dado queso envenenado a ese ratón. ¿Pero qué harás con él mientras tanto, Jeanne? No dejes que se tome libertades. Me rechinan los dientes de solo imaginarte en sus brazos.
La novia sonrió y contempló a su diminuto marido con ojo avizor. ¡Qué átomo de hombre! Y sin embargo la vida podía persistir en sus huesos un largo tiempo más. M. Jacques Courbé tan solo se había permitido un vaso de vino, y aun así ya estaba muy ebrio. Su minúsculo rostro estaba impregnado de sangre, y miraba a Simon Lafleur con actitud beligerante. ¿Sospechaba la verdad?
–Tu marido está rojo por el vino –susurró el jinete–. ¡Ma foi, madame, podría golpearte después! Es posible que sea peligroso cuando se pasa de copas. Si te maltratara, Jeanne, no olvides que cuentas con un protector en Simon Lafleur.
–¡Payaso! –Jeanne Marie puso sus ojos en blanco con picardía y por un instante posó la mano en la rodilla del jinete–. Simon, podría partirle el cráneo con dos dedos, como si fuera una nuez–. Se detuvo para ilustrar sus palabras, y luego añadió una reflexión–: Y quizás tenga que hacerlo, si se toma confianza. ¡Uf! ¡Ese monito me revuelve el estómago!
Para entonces los invitados a la boda empezaban a mostrar los efectos de la bebida. Esto era especialmente visible en el caso de los socios de M. Jacques Courbé en la feria que acompañaba al circo20.
Griffo, el chico jirafa, había cerrado sus grandes ojos pardos y mecía lánguidamente su pequeña cabeza por encima de la concurrencia, mientras una expresión un tanto altiva curvaba la comisura de sus labios. M. Hercule Hippo, hinchado a proporciones aún más colosales por las libaciones, repetía una y otra vez “Les digo que no soy como los demás. ¡Cuando camino, tiembla la tierra!” Mile. Lupa, con su velludo labio superior alzado por sobre sus largos dientes blancos, roía un hueso, gruñendo para sí frases ininteligibles y lanzando miradas salvajes y suspicaces a sus compañeros. Las manos de M. Jejongle se habían ido volviendo cada vez menos firmes y, como insistía en hacer malabarismos con la vajilla y los cuchillos de cada nuevo plato que servían, el suelo estaba cubierto por restos de loza rota. Mme. Samson, tras desanudar su collar de crías de boa constrictora, les daba terrones de azúcar mojados en ron. M. Jacques Courbé había acabado su segunda copa de vino y vigilaba al susurrante Simón Lafleur con ojos entornados.
No puede haber un cordial compañerismo entre grandes egoístas que han bebido demasiado. Cada una de esas rarezas humanas21 pensaba que sólo a él o ella se debían las multitudes que diariamente se reunían en el Circo Copo, por lo que ahora, caldeados por el buen borgoña, no demoraban a la hora de hacerse notar. Reunidos, sus respectivos egos repiqueteaban con furia, cual guijarros en una bolsa. Allí había pólvora que tan solo precisaba una chispa.
–Soy un hombre grande… ¡muy grande! –M. Hercule Hippo dijo adormilado–. Las mujeres me aman. Las lindas criaturitas dejan a sus pigmeos de maridos para venir y contemplar a Hercule Hippo, del Circo Copo. ¡Ja, y cuando vuelven a casa siempre se ríen de los demás hombres! “Podrás volver a besarme cuando crezcas”, le dicen a sus enamorados.
–¡Novillo gordo, he aquí una mujer que no te ama! –exclamó Mlle. Lupa, mirando de reojo al gigante por encima de su hueso–. Esa enorme carcasa tuya no es más que mucha comida desperdiciada. Has engañado al carnicero, amigo. ¡Tonto, las mujeres no vienen a verte a ti! Lo mismo mirarían al ganado que llevan por las calles. Ah, no: ¡vienen de cerca y de lejos a ver a alguien de su propio sexo que no se comporta como un gato!
–Tienes toda la razón –exclamó Papá Copo con tono conciliatorio, mientras reía y se frotaba las manos–. No un gato, mademoiselle, sino un lobo. ¡Ah, tienes sentido del humor! ¡Qué gracioso!
–Tengo sentido del humor –concedió Mlle. Lupa, volviendo a ocuparse de su hueso–, y también dientes filosos. ¡Que la mano errante no me pase demasiado cerca!
–Ambos están equivocados, M. Hippo y Mlle. Lupa –dijo una voz que parecía provenir del techo–. ¡Sin duda es a mí al que la gente viene a observar!
Todos alzaron la vista hacia el rostro altivo de Griffo, el chico jirafa, que se balanceaba lentamente de lado a lado sobre su largo cuello de tubo. Había sido él quien había hablado, si bien aún tenía los ojos cerrados.
–¡Qué tremenda desfachatez! –exclamó la matrona Mme. Samson–. ¡Como si mis pequeñitos no tuvieran nada que ver en eso! –Tomó a las dos crías de boa, que yacían en un etílico sopor sobre su regazo, y las agitó cual látigos ante los invitados–. ¡Papá Copo sabe muy bien que es gracias a estos dos pequeños encantos, Marco Antonio y Cleopatra, que la feria es tan concurrida!
El dueño del circo, aludido tan directamente, frunció el ceño con perplejidad. Enfrentaba un dilema. Esos fenómenos suyos eran difíciles de manejar. ¿Cómo había sido tan tonto para asistir al banquete nupcial de M. Jacques Courbé? Cuanto dijera podría ser usado en su contra.
Mientras vacilaba Papá Copo, con su rostro redondo y enrojecido envuelto en sonrisas aduladoras, la chispa largamente postergada se encendió de repente en la pólvora. Todo se dio por la negligencia de M. Jejongle, que se había enfrascado en la conversación y deseaba intervenir en su propio favor. Haciendo malabares distraídamente con dos platos pesados y una cuchara, dijo con tono petulante:
–¡Parece que todos se olvidan de mí!
Apenas había terminado de hablar cuando uno de los pesados platos cayó estrepitosamente sobre el grueso cráneo de M. Hippo; y al instante todos se acordaron del señor Jejongle. De hecho, fueron más lejos que recordarlo, pues el gigante, ya irritado al máximo por los insultos de Mlle. Lupa, ante esta nueva afrenta le arrojó salvajemente un golpe y derribó de paso al malabarista, haciéndolo caer de bruces bajo la mesa.
Mlle. Lupa, siempre de carácter irascible, y en especial cuando su atención se centraba en un jugoso hueso de pollo, evidentemente consideró poco decorosa la conducta de su compañero de mesa y de inmediato hundió sus afilados dientes en la agresiva mano que había administrado el golpe. M. Hippo, chillando de rabia y de dolor como un elefante herido, se puso de pie con un salto y volcó la mesa.
Lo que siguió fue un pandemonio. Manos, dientes y pies de cada fenómeno se volvieron en contra de los de los demás.
Por sobre los gritos, chillidos, gruñidos y siseos del combate pudo oírse la voz de Papá Coco reclamando paz.
–¡Ah, mis niños, mis niños! ¡No es forma de comportarse! ¡Cálmense, les ruego! Mlle. Lupa, ¡recuerda que eres una dama además de un lobo!
No cabe duda de que M. Jacques Courbé habría sido el que peor parte llevara en esta indigna batahola de no ser por St. Eustache, que se había apostado junto a su minúsculo amo y ahora ahuyentaba a todos los posibles agresores. Tal como se daban las cosas, Griffo, el desafortunado chico jirafa, era el más indefenso, y por lo tanto se convirtió en la víctima. Su pequeña cabeza redonda se balanceaba de un lado a otro por los golpes, como un saco de boxeo. Mlle. Lupa lo mordió, M. Hippo lo abofeteó, M. Jejongle lo pateó, Mme. Samson lo rasguñó, y las dos crías de boa constrictora, que se habían enroscado en su cuello como sogas de verdugo, casi lo estrangularon. Ciertamente habría sido víctima fatal de las circunstancias de no ser por Simon Lafleur, la novia y media docena de sus acróbatas amigos, a quienes Papá Copo les había implorado que restauraran la paz. Rugiendo de risa, se abalanzaron sobre los combatientes y los separaron.
A M. Jacques Courbé lo encontraron sentado sombríamente bajo un pliegue del mantel. Tenía una botella de vino rota en la mano. El enano estaba muy borracho y montado en cólera. Cuando Simon Lafleur se le acercó con su risita silenciosa, M. Jacques Courbé le arrojó la botella a la cabeza.
–¡Ah, la pequeña avispa! –exclamó el jinete, alzando al enano por el cinturón–. ¡Aquí está tu buen marido, Jeanne Marie! ¡Llévatelo antes de que haga alguna travesura! ¡Parbleu22, es sanguinario cuando está bebido!
La novia se aproximó, su rubicundo rostro enrojecido por el vino y la risa. Ahora que se había casado firmemente con una hacienda, ya no se cuidaba de ocultar sus verdaderos sentimientos.
–¡Oh, la, la! –exclamó, mientras agarraba al enano, que se resistía, y lo ponía a la fuerza sobre sus hombros–. ¡Qué mal genio tiene el monito! Bueno, pronto se lo quitaremos con unas cuantas palizas.
–¡Déjeme bajar! –chillaba M. Jacques Courbé en un ataque de furia–. ¡Lo va a lamentar, madame! ¡Déjeme bajar, le digo!
Pero la fornida novia negaba con la cabeza.
–¡No, no, mi pequeñín! –decía riendo–. ¡No se puede escapar de su esposa así de fácil! ¿Cómo? ¿Quiere huir de mis brazos antes de la luna de miel?
–¡Déjeme bajar! –volvió a gritar–. ¿No ve que todos se ríen de mí?
–¿Y por qué no se reirían, mi monito? Que rían, si quieren. Pero no voy a bajarlo: no, lo llevaré así, en mis hombros, hasta la finca. ¡Sentará un precedente que las novias del porvenir tendrán algunos problemas para seguir!
–Pero la finca está bastante lejos, mi Jeanne –dijo Simon Lafleur–. Tú eres fuerte como un buey, y él es solo un mono tití. Aun así, apuesto una botella de borgoña a que vas a dejarlo al borde del camino.
–¡Hecho, Simon! –exclamó la novia, dejando ver su blanca y potente dentadura–. Vas a perder la apuesta, porque juro que podría cargar con mi monito de una punta de Francia a la otra.
M. Jacques Courbé ya no se resistía. Ahora estaba sentado bien erguido sobre los anchos hombros de su novia. De las cumbres llameantes de la pasión ciega había caído al abismo de la fría furia. Su amor había muerto, pero una extraña emoción se asomaba de entre las cenizas.
–Así que, madame, usted podría cargarme de una punta de Francia a la otra –zumbó con un tono monótono–. ¡De una punta de Francia a la otra! ¡Siempre lo recordaré, madame!
–¡Vamos! –exclamó repentinamente la novia–. Me marcho. Tú y los demás, Simon, síganme, para ver cómo gano la apuesta.
Salieron todos en tropel de la carpa. La luna llena coronaba el cielo e iluminaba el camino, tan blanco y recto entre los prados como la raya del cabello negro y untuoso de Simon Lafleur. La novia, aún con el diminuto novio en sus hombros, empezó a cantar mientras avanzaba. Los invitados la siguieron. Algunos caminaban a paso nada firme. Griffo, el chico jirafa, se tambaleaba lastimosamente sobre sus piernas larguiruchas. Solo Papá Copo se quedó.
–¡Qué raro mundo! –musitó, de pie ante la entrada de la carpa y siguiendo a los otros con sus redondos ojos azules–. Ah, estos hijos míos a veces son muy difíciles. ¡Muy difíciles!
III
Había transcurrido un año desde el casamiento de Mlle. Jeanne Marie y M. Jacques Courbé. El Circo Copo había vuelto a instalarse en la ciudad de Roubaix. Durante más de una semana, la gente de varias millas a la redonda había acudido a la feria de atracciones para echarle un vistazo a Griffo, el chico jirafa; a M. Hercule Hippo, el gigante; a Mle. Lupa, la mujer lobo; a Mme. Samson, con sus crías de boa constrictora; y M. Jejongle, el célebre malabarista. Cada uno estaba convencido de que él o ella era el responsable de la popularidad del circo.
Simon Lafleur estaba sentado en su cuarto, en el Signo del Jabalí. No llevaba más que una malla roja. Su poderoso torso, desnudo hasta la cintura, relucía por el aceite. Se masajeaba suavemente los bíceps con un líquido de olor muy fuerte.
De repente se oyeron pasos pesados y fatigosos en la escalera. Simon Lafleur alzó la vista. Su expresión algo sombría se despejó, dando lugar a esa brillante sonrisa que le ganara los corazones de tantas acróbatas.
“¡Ah, debe ser Marcelle!”, se dijo. “O quizás sea Rose, la chica inglesa; o tal vez la pequeña Francesca, si bien esa se mueve con paso más ligero. Bueno, no importa: ¡bienvenida quienquiera que sea!”
En el vestíbulo ya resonaban los pasos pesados, rezagados; y un momento después, se detuvieron ante la puerta. Se oyó un tímido golpe.
La brillante sonrisa de Simon Lafleur se ensanchó. “Quizás sea una nueva admiradora, que precisa que la animen”, pensó para sí. Y en voz alta dijo:
–¡Pase, mademoiselle!
La puerta se abrió lentamente y la visita se reveló. Era una mujer alta y demacrada, vestida cual campesina. El viento le había revuelto el pelo hasta los ojos. Alzó una mano grande y curtida, se la pasó por la frente y miró fijamente al jinete.
–¿No me recuerdas? –dijo al cabo.
Por encima de la nariz romana de Simon Lafleur surgieron dos arrugas de perplejidad. Sacudió la cabeza con lentitud. Él, que a tantas mujeres había conocido en su vida, ahora estaba desconcertado. ¿Era justo preguntarle eso a un hombre que ya no era un muchacho y que había vivido tanto? ¡Las mujeres cambian en tan poco tiempo! Esa bolsa de huesos bien podría haberle resultado apetecible alguna vez.
¡Parbleu! ¡El destino era un mago! Agitaba su varita y las mujeres bellas se convertían en viejas brujas, las joyas, en guijarros, las sedas y encajes, en cuerdas de cáñamo. El valiente que esta noche bailó en el baile del príncipe mañana podría bailar con más ligereza en la horca. La clave era vivir y morir con la panza llena. Digerir todo lo que uno pudiera: ¡eso era la vida!
–¿No me recuerdas? –dijo ella de nuevo.
Simon Lafleur volvió a negar con su lustrosa y negra cabeza.
–Tengo mala memoria para las caras, madame –dijo cortésmente–. Es una desgracia, con tantos bellos rostros como hay.
–¡Ah, pero deberías recordame, Simon! –exclamó la mujer, con un nudo en la garganta–. Éramos amigos muy íntimos. ¿No te acuerdas de Jeanne Marie?
–¡Jeanne Marie! –gritó el jinete–. ¿Jeanne Marie, la que se casó con un mono tití y una finca rural? No me diga, madame, que usted…
Se detuvo y la contempló, con la boca abierta. Sus penetrantes ojos negros vagaron desde los mechones de cabello húmedo y greñudo que descendían sobre esa figura demacrada hasta que al fin se posaron en las gruesas botas de cuero vacuno, con capas de barro del campo incrustadas.
–¡Imposible! –dijo al cabo.
–Ciertamente soy Jeanne Marie –replicó la mujer–, o lo que queda de ella. ¡Ah, Simon, qué vida me ha deparado! ¡No he sido más que una bestia de carga! ¡No hay ignominias que no me haya hecho sufrir!
–¿A quién te refieres? –preguntó Simon Lafleur–. ¿No te referirás a tu marido en edición de bolsillo… el enano Jacques Courbé, no?
–¡Ah, claro que sí, Simon! ¡Ay de mí, me ha domado23!
–¿Él? ¿Ese escarbadientes de hombre? –exclamó el jinete, con una de sus risas silenciosas–. ¡Pero si es imposible! Cómo alguna vez dijiste tú misma, Jeanne, podías partirle el cráneo con dos dedos como si fuera una nuez.
–Así lo creía. ¡Ah, pero es que no lo conocía, Simon! Como era pequeño, pensaba que haría con él lo que se me antojara. Me parecía que me estaba casando con un maniquí. “Con este pequeñito jugaré a Punch y Judy”24, me decía. Simon, podrás imaginarte mi sorpresa cuando él empezó a jugar Punch y Judy conmigo.
–Pero no entiendo, Jeanne. ¡Podrías haberlo abofeteado en cualquier momento, hasta que te obedeciera!
–Quizás –asintió ella con cansancio–, de no haber sido por St. Eustache. Ese perro lobo suyo me odió de entrada. Si tan solo le contestaba algo a su amo, me mostraba los dientes. Una vez, al principio, cuando alcé la mano para atar a Jacques Courbé, ese perro se me abalanzó a la garganta, y me habría desgarrado miembro por miembro si el enano no lo hubiese llamado. ¡Yo era una mujer fuerte, pero ni aún entonces era rival para un lobo!
–Quedaba el veneno, ¿no? –sugirió Simon Lafleur.
–Ah, sí: también pensé en el veneno. Pero de nada sirvió. St. Eustache no comía nada que le diera yo; y el enano me obligaba a probar primero cualquier comida que se sirviera para él y su perro. Salvo que yo misma quisiera morir, no había forma de envenenar a alguno de ellos.
–¡Pobrecita mía! –dijo el jinete, compasivo–. Empiezo a entender. Pero siéntate, y cuéntame todo. Es toda una revelación para mí, después de verte rumbear triunfalmente hacia tu casa con tu marido al hombro. Comienza por el principio.
–Fue justamente porque lo llevé al hombro que tuve que sufrir tanta crueldad –dijo ella, mientras tomaba asiento en la única silla libre de la habitación–. Jamás me perdonó el insulto que según él le infligí. ¿Recuerdas cómo me jacté de poder llevarlo de una punta de Francia a la otra?
–Lo recuerdo. ¿Y bien, Jeanne?
–Bien, Simon, el pequeño demonio25 ha calculado la distancia exacta en kilómetros26. Cada mañana, con sol o con lluvia, salimos de la casa –él en mi espalda, el perro lobo en mis talones– y vago por los senderos polvorientos hasta que mis rodillas tiemblan de cansancio. Si tan solo disminuyo el paso, si flaqueo, me espolea con unas crueles espuelitas doradas; mientras que, al mismo tiempo, St. Eustache me mordisquea los tobillos. Cuando volvemos a casa, tacha tantos kilómetros de un marcador que dice que es el número de kilómetros que hay de una punta a la otra de Francia. No hemos recorrido ni la mitad de esa distancia, y ya no soy una mujer fuerte, Simon. ¡Mira estos zapatos!
Alzó uno de sus pies para que él lo examinara. La suela de la bota de cuero estaba perforada; Simon Lafleur avistó carne magullada y cubierta de lodo del camino.
–Es el tercer par que uso –continuó ella con voz ronca–. Ahora él dice que el precio del cuero del calzado es muy alto y que tendré que terminar descalza mi peregrinación.
–¿Pero por qué toleras todo esto, Jeanne? –preguntó furioso Simon Lafleur–. Tienes un carruaje y un criado, ¡no deberías caminar en absoluto!
–Al principio había un carruaje y un criado –dijo ella, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano–, pero no duraron ni una semana. Echó al criado de golpe y vendió el carruaje en una feria cercana. Ahora no hay nadie más que yo para atenderlos a él y al perro.
–¿Pero y los vecinos? –insistió Simon Lafleur–. Seguro que puedes recurrir a ellos.
–No tenemos vecinos cerca, la granja está bastante aislada. Habría huído hace meses, de haber podido escapar en secreto; pero me vigilan continuamente. Lo intenté una vez, y no había andado más de cinco kilómetros cuando el lobo ya me daba tarascones en los tobillos. Me llevó de vuelta a la granja, y al día siguiente tuve que cargar con el pequeño desalmado hasta caer exhausta27.
–¿Pero esta noche te escapaste?
–Sí –dijo, en tanto echaba un temeroso vistazo a la puerta–. Me escabullí mientras los dos dormían, y vine a verte. Sabía que me protegerías, Simon, porque siempre nos tuvimos el uno al otro. Haz que Papá Copo vuelva a emplearme en el circo, y me mataré trabajando. ¡Sálvame, Simon!
Jeanne marie ya no pudo seguir reprimiendo sus sollozos. Le subían por la garganta, la ahogaban, le hacían imposible hablar.
–Cálmate, Jeanne –la consoló Simon Lafleur–. Haré lo que pueda por ti. Mañana hablaré con Papá Copo. Por supuesto que ya no eres la mujer que eras hace un año. Has envejecido en este tiempo. Pero quizás Papá Copo pueda encontrarte algo para hacer.
Calló y la observó atentamente. Ella se había quedado tiesa en la silla; su rostro, aun bajo una capa de mugre, se había puesto enfermizamente pálido.
–¿Qué te preocupa, Jeanne? –preguntó él, un poco jadeante.
–¡Shhh! –dijo ella, llevándose un dedo a los labios–. ¡Escucha!
Simon Lafleur no oía más que el repiqueteo de la lluvia sobre el techo y el suspiro del viento entre los árboles. Un silencio inusual parecía dominar el Signo del Jabalí.
–¿Es que no lo oyes? –exclamó ella con un gemido inarticulado–. Simon, ¡está en la casa! ¡Está en las escaleras!
Los oídos del jinete, menos sensibles, al fin captaron ese sonido que su acompañante había oído un minuto antes. Era un pit-pat, pit-pat regular, en las escaleras, difícil de distinguir del goteo de la lluvia en los aleros. A cada instante, sin embargo, se aproximaba, se volvía más nítido.
–¡Oh, sálvame, Simon, sálvame! –exclamó Jeanne Marie, mientras se echaba a los pies de él y lo tomaba por las rodillas–. ¡Sálvame! ¡Es St. Eustache!
–¡Tonterías, mujer! –dijo enojado el jinete, que sin embargo se levantó–. Hay otros perros en el mundo. En el segundo rellano hay un hombre ciego que tiene un perro. Puede que sea ése el que oyes.
–No, no… ¡son las pisadas de St. Eustache! Dios, si hubieras vivido con él durante un año, también lo reconocerías. ¡Cierra la puerta con llave!
–Eso sí que no –dijo desdeñosamente Simon Lafleur–. ¿Crees que me asusto tan fácil? Si es ese perro lobo, peor para él. ¡No será el primer pulguiento que estrangulo con mis manos!
Pit-pat, pit-pat: estaba en el segundo rellano. Pit-pat, pit-pat: ahora estaba en el pasillo, y se acercaba. Pit-pat: de repente se detuvo.
Hubo un momento de silencio expectante, y al cabo St. Eustache entró trotando en la habitación. M. Jacques Courbé iba sentado en el ancho lomo del perro, como a menudo lo hiciera en la pista del circo. Blandía una diminuta espada; sus ojos de botón de zapato parecían reflejar el acerado destello.
El enano detuvo al perro en medio de la habitación y de un vistazo observó la figura postrada de Jeanne Marie. St Eustache también pareció percatarse de ella en silencio. El rígido pelaje de su lomo se erizó, mostró sus largos colmillos blancos con avidez, y sus ojos ardieron como dos brasas.
–¡Así la encuentro, madame! –dijo M. Jacques Courbé–. Es una suerte tener un corcel que puede olfatear a mis enemigos además de darles caza a campo abierto. Sin él, se me habría dificultado un poco encontrarla. Bien, el jueguito ha concluido. ¡La encuentro con su amante!
–¡Simon Lafleur no es mi amante! –sollozó ella–. ¡No volví a verlo ni una vez desde que nos casamos! ¡Lo juro!
–Con una vez basta –dijo adustamente el enano–. ¡Hay que castigar al desfachatado mozo de cuadra!
–¡Oh, perdónalo! –imploró Jeanne Marie–. ¡No lo lastimes, te lo ruego! ¡No es culpa suya que yo haya venido! Yo…
Pero en este instante Simon Lafleur ahogó esas palabras con su risa estruendosa.
–¡Ja, ja! –rugió, poniendo brazos en jarra–. ¿Así que vas a castigarme, eh? ¡Nom d’un chien28! ¡No pruebes tus trucos de circo conmigo! Vaya, Pulgarcito29 que vas montado en un perro como una pulga, ¡sal de mi cuarto antes de que te aplaste! ¡Vete, derrítete, desaparece! –Hizo una pausa, expandió su pecho con forma de barril, infló las mejillas y sopló con fuerza hacia el enano–. ¡Vuela, insecto –bramó–, antes de que te pisotee!
M. Jacques Courbé no se inmutó ante el torrente de insultos. Seguía sentado muy erguido a lomos de St. Eustache, con su minúscula espada sobre su minúsculo hombro.
–¿Ha terminado? –dijo una vez que el jinete se había quedado sin invectivas–. Muy bien, monsieur: ¡prepárese para la carga de caballería! –Hizo una breve pausa y luego añadió, con una voz clara y aguda–: ¡A él, St. Eustache!
El perro se agazapó y, casi al mismo tiempo, se abalanzó sobre Simon Lafleur. El jinete no tuvo tiempo para esquivar al animal y su minúsculo caballero. Casi de inmediato, los tres libraban un combate a muerte. Era un espectáculo sangriento.
Por muy fuerte que fuera, Simon Lafleur se vio sorprendido por el inesperado salto del perro lobo. Las fauces de St. Eustache se cerraron sobre su brazo derecho y lo aplastaron hasta el hueso. Un momento después, el enano, aún aferrado al lomo de su perro, clavó la punta de su diminuta espada en el cuerpo del jinete tendido.
Simon Lafleur luchó con valentía, pero en vano. Ahora sentía el fétido aliento del perro sobre su cuello y el aguijón de avispa de la cuchilla del enano, que al cabo daba con un punto mortal. Un temblor convulsivo lo sacudió, y cayó de espaldas. El Romeo del circo había muerto.
M. Jacques Courbé limpió su espada con un pañuelo de encaje, bajó de su montura y se aproximó a Jeanne Marie. Ella seguía echada en el piso, con los ojos cerrados y la cabeza apretada entre las manos. El enano le tocó imperiosamente uno de esos anchos hombros con los que ella solía llevarlo en andas.
–Madame –dijo–, ya podemos volver a casa. Tendrá que ser más cuidadosa, de aquí en adelante. ¡Ma foi, degollar mozos de cuadra no es propio de caballeros!
Ella se puso de pie, como un gran animal amaestrado que recibe una orden.
–¿Desea que lo lleve? –preguntó ella, con labios lívidos.
–Ah, es cierto, madame –murmuró él–. Olvidaba nuestra pequeña apuesta. ¡Ah, sí! Y bien, tengo que felicitarla, madame: ya ha recorrido casi la mitad de la distancia.
–Casi la mitad de la distancia –repitió ella con una voz sin vida.
–Sí, madame –continuó M. Jacques Courbé–. Imagino que será una esposa dócil para cuando haya concluido–. Hizo una pausa, y luego añadió con ademán reflexivo–: Vaya que es sorprendente lo rápido que se puede sacar al demonio de una mujer… ¡usando espuelas!
***
Papá Copo había pasado una agradable velada en el Signo del Jabalí. Al salir a la calle, vio tres figuras conocidas delante de él: una mujer alta, un hombre diminuto y un perro enorme con las orejas paradas. La mujer llevaba al hombre sobre sus hombros; el perro trotaba pegado a sus talones.
El dueño del circo detuvo su andar y los observó. Sus redondos ojos se llenaron de un asombro infantil.
–¿Es posible? –murmuró–. ¡Sí, lo es! ¡Tres viejos amigos! ¡Y Jeanne Marie sigue cargando con él! ¡Ay, no debería burlarse de M. Jacques Courbé! Él es tan sensible… Pero, ¡ay, es de esos que siempre terminan siendo unos pollerudos30!
* Título original: “Spurs”. Traducción de Marcelo G. Burello. Publicado en la revista Munsey’s Magazine, febrero de 1923, y luego incluido en el compilado de relatos del autor titulado Who Wants a Green Bottle? and Other Uneasy Tales, de 1926. En 1932 apareció en la antología inglesa Creeps y fue adaptado al cine por W. Goldbeck y L. Gordon para la película Freaks, de Metro-Goldwyn-Mayer, dirigida por Tod Browning (quien ya había dirigido una adaptación de Robbins en 1925: The Unholy Three). Clarence Aaron “Tod” Robbins (1888–1949) fue un narrador especializado en los géneros del misterio y el terror. Publicó una decena de novelas y una veintena de cuentos (muchos de ellos aparecidos en revistas pulp). Oriundo de Brooklyn, murió en Francia, donde se había retirado en sus últimos años, y donde por un tiempo estuvo cautivo de los nazis.
- Jacques Courbé was a romanticist, en el original. La nacionalidad francesa de los personajes probablemente fue pensada por el autor como un rasgo exótico y, en el caso del protagonista, con el que se enfatiza o legitima el carácter soñador y sentimental, en especial desde la perspectiva anglosajona.
↩ - San Eustaquio de Roma fue un general romano que combatió a las órdenes del emperador Trajano y se convirtió al cristianismo tras avistar una cruz entre las astas de un ciervo mientras cazaba, por lo que se lo considera patrono de quienes recorren o habitan en los bosques. Fue martirizado en Roma durante las persecuciones de Adriano. ↩
- Aunque de aquí en adelante el narrador se refiere casi siempre al animal como wolf dog, “perro lobo”, no queda claro si se trata de un mero perro doméstico con apariencia y actitud de lobo, o bien de un verdadero híbrido producto de una cruza entre lobo y perro (a veces conocido en español como “lubican”).
↩ - Forma abreviada del francés monsieur, equivalente a “señor”. ↩
- Bareback rider, en el original. Literalmente, la expresión significa “jinete a pelo”, aunque también podría traducirse como “acróbata hípico”. Montar a pelo, es decir, sin montura, supone un grado de habilidad y de riesgo mucho mayor al de lo común. ↩
- The dwarf had no friends among the other freaks in Copo’s Circus, en el original. Nótese que ahora el propietario circense tiene apellido italiano, un dato exótico y a la vez, verosímil. Asimismo, el narrador califica al protagonista como dwarf, término típico de la época para aludir a las personas con enanismo (y ciertamente menos ofensivo que midget). ↩
- Forma abreviada del francés mademoiselle, equivalente a “señorita”.
↩ - El nombre de la célebre poetisa griega, Safo de Lesbos, de por sí evoca gracia femenina e inspiración artística. ↩
- Traducido al español, el sonoro nombre artístico del personaje sería “Simón La Flor”.
↩ - En francés en el original. Literalmente, “a fe mía”, equivale a expresiones como “por cierto” o “sin duda”.
↩ - Ciudad industrial situada cerca de la frontera con Bélgica y del área metropolitana de Lille.
↩ - En francés en el original. “Querido mío”. ↩
- En el original la expresión es, literalmente, “feliz como un cerezo en junio”. Traducimos con una frase equivalente. ↩
- Pygmies, en el original. El término, invocado en el discurso indirecto libre que aquí expresa a la amazona, es netamente ofensivo. ↩
- Los pseudónimos de los personajes son tradicionales del mundo circense, en tanto obedecen a sus rasgos distintivos. En estos dos casos, el “chico jirafa” lleva un apodo que suena similar a su supuesta condición (girafe en francés, giraffe en inglés), y en español el “gigante” se llamaría “Hércules Hipo(pótamo)”. ↩
- Forma abreviada del francés madame, equivalente a “señora”. ↩
- También los mencionados personajes poseen nombres artísticos alusivos: Lupa en latín es “loba”; en francés, jongler es hacer malabares (por lo que el personaje se llamaría “yo hago malabares”); y Samson remite, naturalmente, al bíblico Sansón, célebre por su fuerza. ↩
- En el original se aplica la misma expresión (bareback rider) para este personaje que para Jeanne Marie, con la diferencia de que de aquí en adelante el concepto casi siempre se emplea para Simon Lafleur. Para acortar, optamos por “jinete” a secas de aquí en más. ↩
- Traducimos siempre así la expresión del original little ape, para mantener el tono peyorativo. En rigor, ape es simio o primate. ↩
- Los circos a menudo viajaban en compañía de ferias de atracciones, que se situaban en las márgenes de la carpa mayor (por lo que en inglés recibían el nombre de side-shows: literalmente, “espectáculos laterales”). Por su enanismo, el protagonista actúa en la pista central, pero en rigor se identifica con los “fenómenos humanos” (freaks) que en general se exhibían en esos puestos, como una atracción secundaria (y por la que en general se pagaba aparte). En ocasiones, estas ferias ambulantes –en especial si bien provistas de atracciones variadas– viajaban de manera autónoma y se ofrecían como atracción única; se las conocía como carnivals.
↩ - Human oddities, en el original. ↩
- Expresión coloquial francesa equivalente a “¡por Dios!” o “¡caramba!”. ↩
- Alas, he has broken me!, en el original. El verbo break significa ante todo “romper”, pero en el mundo ecuestre anglo parlante se utiliza para la acción de domar un caballo, sentido que preferimos aquí en tanto quienes conversan son jinetes. ↩
- “Punch y Judy” era un famoso y antiguo espectáculo británico de títeres de guante, en el que el colérico Sr. Punch discute a golpes con su esposa, Judy. Por su violencia y su mal gusto, esta popular farsa a menudo fue objeto de prohibiciones y censuras (en especial porque su público mayoritario era infantil). ↩
- Little demon, en el original. ↩
- Aunque en el original el autor se expresa en leguas, optamos por la nomenclatura oficial francesa desde fines del siglo XVIII, que mide las distancias en kilómetros. ↩
- Little fiend, en el original. “Fiend” puede designar tanto a un espíritu maligno como a una persona perversamente adicta a algo. ↩
- Vieja expresión coloquial francesa. Literalmente significa “nombre de un perro”, pero se utilizaba para mostrar sorpresa o enojo. Equivalentes en español podrían ser “¡diantres!”, o “¡caramba!”. ↩
- Hop-o’-my thumb, en el original. Es el nombre con el que se tradujo inicialmente el cuento infantil de Charles Perrault “Le Petit Poucet” (conocido como “Pulgarcito” en español), publicado en 1697. ↩
- But, alas, they are the kind that are always henpecked!, en el original. Literalmente, “henpecked” significa “picoteado por las gallinas” y es una vieja expresión coloquial utilizada para describir a los hombres que se dejan dominar por las mujeres. ↩