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De lo particular a lo general, del peyorativo a lo relativamente neutral

Al igual que la mayoría de las maneras para referirse al sujeto homosexual, la etiqueta queer nace como un peyorativo. Durante sus inicios, el término coexiste con otros de naturaleza similar; no obstante, mientras que fairy, wolf, faggot, pansy (para el hombre homosexual) y vampire, spinter, bulldagger y diesel dyke (para la mujer homosexual) buscan describir alguna actitud o característica arquetípica sobre el sujeto al que se aplican, el término queer destaca por no referir a una característica identitaria específica.

Incluso en su origen etimológico, la etiqueta queer expresa una idea relativamente neutra (“extraño, peculiar, excéntrico”) que puede aplicarse a una multitud de identidades y comportamientos fuera de la norma. En cambio, la mayoría de las demás etiquetas provienen de nociones más violentas y/o estereotipadas 1. La etiqueta, a su vez, se diferencia de otras como invertido y homosexual en tanto no busca patologizar la cuestión y atraerla al ámbito médico: queer es un término coloquial, de la sociedad. Incluso en ese sentido, la etiqueta mantiene su neutralidad.

En el primer volumen de Historia de la sexualidad (1976), Michel Foucault observa que, luego de la irrupción del sistema capitalista, la sexualidad es trasplantada del ámbito público hacia el privado y que se crean sistemas sociales destinados a garantizar esta separación (8). La sexualidad, dice el autor, solo puede existir en lo privado (la intimidad), en lo económico (la prostitución) y en lo prohibido (lo ilegal) (ídem.). En este sentido, las caracterizaciones de la identidad homosexual como una patología no solo responden a transformarla en un problema únicamente moral, sino también en uno fisiológico. Apunta D’Emilio: 

La etiqueta no aplicada simplemente a actos sexuales particulares, como lo hacía «sodomita», sino a toda una persona cuya naturaleza (actos, sentimientos, rasgos de la personalidad e incluso tipo de cuerpo) era claramente distinguible de la de la mayoría de la «normalidad» heterosexual. 2 (D’Emilio 1983, 4. Traducción propia

Durante la época de la posguerra, otro término que prolifera fue gay. Etimológicamente, la palabra traza su origen del francés antiguo “gai” que significa “alegre, despreocupado”. Si queer define a la homosexualidad como algo extraño y alejado de la norma, gay lo hace a partir del libertinaje y el pecado 3. Tanto queer como gay comparten la característica de referir a una identidad neutra, sin ser específica a un tipo de experiencia particular, como la femenina o la masculina. 

Un creciente interés: lo gay en la literatura.

Dentro del plano de lo literario, finalizada la Segunda Guerra Mundial y con la posterior publicación de Conducta sexual en el varón (1948; también conocido como Informe de Kinsey, que incluía la publicación de Conducta sexual en la mujer en 1953), de Alfred Kinsey, gran parte de la sociedad americana comienza a interesarse en la cuestión homosexual. Autores como Truman Capote (Other Voices, Other Rooms, 1948) y Gore Vidal (The Pillar and the City, 1952) tratan de capitalizar el momento y la curiosidad del público (Brahm, 2012: 12). La particularidad principal de estos intentos, fuertemente atacados por la crítica, 4 es que logran establecer una conversación sobre la homosexualidad de forma explícita. 

Aunque los antecedentes existen, el abordaje es implícito y casi subliminal. Es difícil, por ejemplo, ignorar o negar una sensibilidad homoerótica en los marineros de Leaves of Grass (1855) de Walt Whitman. A.B. Christa Schwarz (2007) propone una lectura lésbica de Passing (1929), de Nella Larsen, a partir de la relación entre los personajes de Irene y Clare. Por su parte, en Home to Harlem (1928), Claude McKay describe la presencia de personajes homosexuales de forma periférica dentro del ecosistema de Harlem, codificados como parte de la excentricidad de este universo, sin la necesidad de estar en primer plano. Sin embargo, los intentos de Vidal y Capote no escapan del encasillamiento de la homosexualidad como algo castigable.

Los intentos contemporáneos más transgresivos, que buscan romper con el imperativo del castigo a la homosexualidad, llegaron con Howl (1956), de Allen Ginsberg, en forma de un grito de liberación, o con The Price of Salt (1952), de Patricia Highsmith, y Desert of the Heart (1964), de Jane Rule, que buscan romper con la lógica del final trágico de las novelas lésbicas; y con Giovanni’s Room (1956) de James Baldwin, que traía al frente la experiencia homosexual masculina negra.

Con el tiempo, aparecieron exploraciones más específicas: The Color Purple (1982), de Alice Walker, hace una intersección entre la experiencia homosexual, femenina y negra; Dancer from the Dance (1978), de Andrew Holleran, problematiza los excesos de la vida gay urbana, principalmente de las grandes ciudades; A Single Man (1964), de Christopher Isherwood, explora las particularidades del duelo silenciado de la comunidad gay; entre otros.

El camino de las etiquetas gay, “lesbian and gay” y queer

Como respuesta a una redada policial en el bar de Stonewall Inn en Greenwich Village, Nueva York, en 1969, toda la comunidad de sexualidades no normativas se unifica bajo el lema de la “gay liberation” en el episodio conocido como los “Disturbios de Stonewall”. La palabra, anteriormente utilizada únicamente como un peyorativo, es recuperada y resemantizada por el colectivo, además de convertirse en la manera de facto de referirse a la experiencia no heterosexual en general. En su ensayo Queer Theory: Lesbian and Gay Sexualities, An Introduction (1991), Teresa De Lauretis observa varias problemáticas respecto al uso de la etiqueta y la evolución de la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ.

En primer lugar, De Lauretis nota que, a diferencia de otras luchas civiles de la época, el movimiento de liberación gay se compone de una masa sumamente heterogénea de identidades y vivencias que no quieren ser subsumidas dentro de una identidad superior, para no borrar las particularidades de sus experiencias; ni tampoco quieren ser incluidas dentro del grueso de la sociedad en un proceso de homogeneización con la cultura y la experiencia heterosexual (iv).

En segundo lugar, De Lauretis observa que, en los años posteriores a la posguerra y a los disturbios de Stonewall, el interés en la cultura y la vida homosexual, catalogada bajo la etiqueta gay, se centra casi exclusivamente en la experiencia masculina (vii). Esto puede verse contrastado con el hecho de que, en los años posteriores a la adopción de la etiqueta gay como referente del colectivo, esta haya cambiado a lesbian and gay (o viceversa).

Como respuesta a estas problemáticas, De Lauretis propone el uso del término queer para referirse al colectivo en general (x-xi). Por un lado, esto soluciona el problema creciente de la incorporación de las distintas identidades sexuales y de género no normativas en el acrónimo de LGBTQ+. Por otro, permite conservar etiquetas previas (ya codificadas: lesbiana para mujeres, gay para hombres) y crear un lugar neutro para abordar las características compartidas de la lucha, sin dejar de lado las particularidades de cada experiencia. En sí, la propuesta de De Lauretis es que, con el uso de un término más neutro (y una teoría que la acompañe), la lucha por los derechos LGBTQ+ puede reorganizarse y cooperar sin el temor de que los distintos colectivos que la integran sean subsumidos en otros o dejados de lado (xvi).

En su ensayo “Acerca del término ‘queer’” (1993), Judith Butler llega a la misma conclusión:

El hecho mismo de que el término «queer» tenga desde su origen un alcance tan expansivo hace que se lo emplee de maneras que determinan una serie de divisiones superpuestas: en algunos contextos, el término atrae a una generación más joven que quiere resistirse a la política más institucionalizada y reformista, generalmente caracterizada como «lesbiana y gay»; en algunos contextos, que a veces son los mismos, el término ha sido la marca de un movimiento predominantemente blanco que no ha abordado enteramente el peso que tiene lo queer —o que no tiene— dentro de las comunidades no blancas. (Butler 1993, 321) 

En este sentido, el uso de la etiqueta queer busca potenciar su significado de “no normativo”, dotándola de la capacidad de ser lo suficientemente expansiva como para referir de forma inequívoca a todo un colectivo, a la vez que se conserva el carácter ambiguo que evita que alguna identidad se apropiara de ella para convertirla en la “bandera” de su experiencia particular. 

El poder de la reclamación: del peyorativo a slur reclamado

Realizando un cruce entre las interpretaciones de performatividad propuestas por Judith Butler (1990) y John L. Austin (1969), en su ensayo Queer Performativity. Henry James’s The Art of the Novel (1993), Eve Sofosky Sedgwick detecta una doble lectura acerca de la identidad genérica y queer:

Para Butler, el concepto de performatividad es operativo para explicar la construcción social del género y las reglas que se atañen a este (Butler 1993). Mientras tanto, para Austin, aplicando el concepto al lenguaje, la performatividad busca diferenciar enunciados meramente descriptivos (constatativos) de la realidad de aquellos que no encajan en esta definición, ya que ejercen un efecto en el mundo, como un bautismo o los votos matrimoniales 5 (Austin 1969). Si bien Austin descarta el concepto a favor de una teoría más abarcativa y completa (la teoría de los actos de habla), Sedgwick lo recupera como forma de entender el efecto de los peyorativos sobre la comunidad homosexual.

Además, Austin advierte que para que puedan existir estos enunciados –performativos– deben tener un sistema que los valide, los reglamente y los reconozca de forma sincrónica. Así, como pronunciar un juramento legal implica un bagaje social e histórico, pronunciar un peyorativo, en este caso queer, termina remitiendo a una historia semántica que busca cargar al sujeto referido con culpa y vergüenza (Sedgwick 1993. 4). 

Valiéndose del análisis de Sedgwick, Butler (1993) encauza el entendimiento de la dimensión política del término: al usar y querer resignificar el término “queer”, el horizonte no debe ser borrar la existencia de las connotaciones negativas anteriores, sino que apoyarse en dicha historicidad para apoyar la lucha colectiva (Butler 1993. 322). Si pronunciar un peyorativo y que “tenga efecto” en causar vergüenza depende de un sistema que sistematice su significado (y, al hacerlo de manera sincrónica, depende de su reproducción constante y reiterada), entonces es posible interrumpir dicha cadena (318).

El poder de la resignificación (y, paralelamente, el poder de queer) radica en apropiarse de la historiografía de los términos; queer, en particular, en su cualidad abarcativa y pluriforme, permitió una apropiación mucho más amplia que los peyorativos y etiquetas particulares de cada colectivo o sexualidad. 

Pluralidad de significados: lo queer y “Queer” (1985)

Finalmente, es posible argumentar que la palabra queer no pierde por completo su significado de “extraño” o “excéntrico”. 

La novela semiautobiográfica Queer, publicada en el año 1985, de William S. Burroughs, puede verse como un ejemplo. La novela, que funciona como una especie de secuela de Junkie (1953) —también de índole semiautobiográfica; describe las experiencias de Burroughs con la heroína y el alcoholismo—, narra el viaje del protagonista a México y su búsqueda de la ayahuasca, anunciados al final de esta última.

La presencia de la homosexualidad del protagonista (William Lee, un alter ego del propio Burroughs) es evidente en la relación que establece con Eugene Allerton (una relación de “amistad” frágil basada en la persecución sexual de William hacia Eugene, quien actúa como un prostituto, al aceptar los avances de William por los beneficios económicos que le proferirían) y en el episodio en el que, bajo los efectos de la ayahuasca, William tiene relaciones con un joven (presumiblemente menor de edad). Sin embargo, la homosexualidad no es una temática central en la novela.

En su lugar, el texto se centra más en la soledad y la melancolía del protagonista que abandona la tercera persona de su precuela (y las pretensiones de ser un texto informativo acerca de la vida de un drogadicto, como anuncia el subtítulo de esta: Confessions of an Unredeemed Drug Addict) para tomar la primera persona. Asimismo, la narración abraza este sentimiento y lo usa para reforzar aún más la condición de marginación del protagonista. 

En estas condiciones, el título Queer termina capturando ambas realidades, la de homosexual y la de drogadicto, en su condensar la experiencia apartada de la hegemonía social. Con este gesto, podría decirse que Burrough llega a la misma conclusión que los estudios de género y sexualidad en cuanto a la productividad de la etiqueta: la simbiosis entre la marginalidad, en su sentido general, y la marginalidad producto de la orientación sexual.


Bibliografía

Austin, J. L. 1969. Cómo hacer cosas con palabras. Barcelona: Paidós.

Bram, Christopher. 2012. Eminent Outlaws: The Gay Writers Who Changed America. New York: Twelve.

Butler, Judith. 1993. “Acerca del término “queer”. En Cuerpos que importan: sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”: 313–339. Barcelona: Paidós.

Butler, Judith. 1990. “Performative Acts and Gender Constitution: An Essay in Phenomenology and Feminist Theory.” En Performing Feminisms: Feminist Critical Theory and Theatre, Johns Hopkins University Press, editado por Sue-Ellen Case, 1990, 270–282.

D’Emilio, John. 1983. Sexual Politics, Sexual Communities: The Making of a Homosexual Minority in the United States, 1940-1970. Chicago: University of Chicago Press.

De Lauretis, Teresa. 1991. «Queer Theory: Lesbian and Gay Sexualities, an Introduction.» En Differences: A Journal of Feminist Cultural Studies 3, no. 2 (Spring): iii-xvii.

Foucault, Michel. 1976. Historia de la sexualidad. Vol. 1, La voluntad del saber. Barcelona: Siglo XXI Editores.

Krantz, Susan E. 1995. «Reconsidering the Etymology of ‘Bulldyke’.» American Speech 70, no. 2: 217-21

Schwarz, A. B. Christa. 2007. «Transgressive Sexuality and the Literature of the Harlem Renaissance.» En Cambridge Companion to the Harlem Renaissance, editado por George Hutchinson: 141-154. Cambridge: Cambridge University Press.

Sedgwick, Eve Sofosky. 1993. “Queer Performativity: Henry James’s The Art of the Novel”. En GLQ: A Journal of Lesbian and Gay Studies 1, no. 1: 1–16

  1. Por ejemplo, una de las acepciones de faggot se refiere a un manojo de palos y ramas cuya finalidad era ser utilizados para encender un fuego.
    Mientras tanto, la etiqueta de diesel dyke, mantiene un orígen doble: en primer lugar, valiéndose de su hiperónimo, bulldyke, se traía la idea de la “envidia del pene” (la lingüista Susan A. Krantz (1995) teorizaba que el origen etimológico podía venir de expresiones coloquiales de la época siendo bull “hablar deshonestamente” y dyke como una variante de “dick”); en segundo lugar, diesel retoma el campo semántico de lo automovilístico, primordialmente masculino, que separaba a la lesbiana aún más de la idea de la femeninidad.
  2. En el original: The label applied not merely to particular sexual acts, as “sodomite” once had, but to an entire person whose natura –acts, feeling, personality traits, even body type– was sharply distinguishable from the majority of “normal” heterosexuals.
  3. Expresiones como “gay woman” y “gay house” se usaban para referirse a las prostitutas y a los burdeles.
  4. Vidal particularmente resentíria la dureza de la crítica, sintiendo que The City representó un bloqueo y una muerte prematura a su carrera como escritor. El tiempo, sin embargo, acabó demostrando lo contrario. (Brahm 2012, 17).
  5. Lo que observa Austin es que estos enunciados en particular no pueden ser entendidos como descripciones del mundo, ya que es muy difícil someterlos a ser evaluados (es decir, considerados verdaderos o falsos). Lo que hacen estos enunciados (por ejemplo, “bautizo este barco” o “los declaro marido y mujer”) es que, al momento de ser dichos y en las condiciones correctas, cambian la realidad (producir el bautismo o el casamiento).