“Siniestro”, “inquietante”, “extraño” u “ominoso” son algunas de las traducciones posibles del término alemán unheimlich, concepto que tiene una notable productividad dentro del psicoanálisis y la crítica literaria. Si bien suele asociarse principalmente con el ensayo homónimo publicado por Sigmund Freud en 1919, ya en 1914 Otto Rank publica su trabajo Der Doppelgänger (El doble), problematizando el tema. En términos generales, lo ominoso designa una forma específica de inquietud que emerge cuando algo familiar adquiere un carácter extraño o cuando aquello que parecía ajeno revela una cercanía inesperada con la persona. “No cabe duda que dicho concepto está próximo a los de lo espantable, angustiante, espeluznante” (2023: 15), explica Freud. No se trata, por lo tanto, del miedo producido por lo desconocido, sino de la perturbación generada por el retorno de algo conocido que se creía superado, olvidado, reprimido.
Esta particular configuración de familiaridad y extrañeza es el punto de partida del análisis freudiano. En Lo ominoso, Freud observa que el término alemán heimlich remite a aquello que pertenece al ámbito del hogar, de lo doméstico y de lo íntimo, pero que también puede designar lo oculto o secreto. La paradoja reside en que unheimlich, lejos de constituir simplemente el opuesto de lo familiar, termina revelando una relación íntima con él. Lo ominoso surge cuando aquello que debía permanecer escondido se manifiesta de manera inesperada. En palabras de Freud, “esto ominoso no es efectivamente algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo a la vida anímica, sólo enajenado de ella por el proceso de la represión” (2023: 10). En consecuencia, la experiencia ominosa se encuentra fuertemente vinculada con uno de los mecanismos centrales de la teoría psicoanalítica: el retorno de lo reprimido. Aquellos deseos, fantasías, creencias o impulsos que la persona expulsa de la conciencia no desaparecen por completo, sino que continúan operando desde el inconsciente y pueden reaparecer bajo formas desplazadas. La inquietud característica de lo ominoso proviene precisamente de ese retorno involuntario.
Uno de los motivos que recibe mayor atención en el trabajo de Freud es la figura del doble, cuyo estudio también es abordado algunos años antes por Otto Rank. El origen más conocido de esta figura puede rastrearse en el “mito del doppelgänger” de origen nórdico-germánico. El doppelgänger, cuyo nombre quiere decir “el que camina al lado”, es el gemelo malvado, la materialización del fondo oscuro y misterioso del ser humano, en guerra permanente contra su lado virtuoso. En diálogo con este imaginario, el trabajo de Rank reconstruye una extensa genealogía cultural del doble: reflejos, sombras, retratos, gemelos, imágenes especulares y apariciones constituyen algunas de las formas bajo las cuales esta figura se manifiesta en tradiciones religiosas, leyendas populares y obras literarias de diferentes épocas. Rank, en particular, vincula la aparición del doble con una de las ansiedades más antiguas y universales: la conciencia de la propia mortalidad. Freud retoma esta inversión y la relaciona con el desarrollo psíquico del sujeto. El doble deja de ser un garante de inmortalidad para convertirse en un anuncio de muerte.
La persona se encuentra entonces frente a una figura que es simultáneamente él mismo y otro. La identidad deja de presentarse como una unidad coherente y comienza a revelar su carácter problemático o dual. El doble cuestiona la singularidad del individuo, desdibuja los límites entre interioridad y exterioridad y pone en evidencia la posibilidad de que aquello que concebimos como propio pueda manifestarse fuera de nosotros. Lo inquietante no reside en la diferencia, sino en una semejanza excesiva. El doble resulta perturbador porque obliga a la persona a confrontar aspectos de sí mismo que permanecían ocultos o negados.
Además de sus formulaciones estrictamente psicoanalíticas, el concepto de lo ominoso resulta productivo para analizar otras figuras culturales que se caracterizan por ocupar posiciones liminales. Es por eso que podemos establecer un vínculo con la categoría de freak desarrollada por críticos como Leslie A. Fiedler. Según Fiedler (2024) el freak no es perturbador solamente por su diferencia, sino porque obliga a reconsiderar las fronteras que separan lo normal de lo anormal, lo humano de lo monstruoso, el yo del otro. La reacción que genera se encuentra atravesada por una tensión similar a la descrita por Freud. El freak despierta fascinación y rechazo simultáneamente porque evidencia la fragilidad de distinciones que sostienen nuestra comprensión del mundo social. Del mismo modo que el doble amenaza la estabilidad de la identidad individual, el freak amenaza la estabilidad de las clasificaciones culturales. El freak, como el doble, funciona entonces como un espejo deformante que devuelve una imagen incómodamente cercana. Su poder perturbador radica en revelar que las fronteras mediante las cuales definimos la normalidad, la identidad o incluso la humanidad son construcciones históricas y culturales antes que certezas reales.
Es precisamente en esa oscilación entre reconocimiento y extrañeza, entre cercanía y distancia, donde se encuentra el núcleo de la experiencia ominosa y buena parte de la fascinación que continúan ejerciendo tanto el doble como el freak en la cultura. Ambos ponen en evidencia que aquello que resulta más perturbador no es lo completamente desconocido, sino aquello que, siendo familiar, aparece transformado, desplazado o desestabilizado. De este modo, estas figuras invitan a cuestionar los límites entre la normalidad y la diferencia, entre la identidad y la alteridad. En esa tensión permanente reside su potencia simbólica: no solo generan inquietud, sino que también obligan a confrontar aquello que la cultura y el sujeto intentan mantener fuera de la vista, pero que, una y otra vez, retorna bajo nuevas formas. Por esa razón, una de las características de lo ominoso es su eterno retorno, ya que lo que una cultura intenta excluir nunca desaparece por completo, sino que reaparece de maneras inesperadas.
Lo unheimlich ha sido ampliamente tematizado en diversas obras literarias norteamericanas. Durante el siglo XIX, Edgar Allan Poe trabajó esta categoría principalmente en los relatos “William Wilson” y “La caída de la Casa Usher”. En el siglo XX, Shirley Jackson trabaja lo ominoso en su novela La maldición de Hill House y especialmente en el relato “La lotería”, donde se ficcionaliza un ritual en el que todos los años el azar define el destino fatal para uno o una de los habitantes de los pueblos de lo que se presume como el Sur de los Estados Unidos. También obras como Otra vuelta de tuerca, de Henry James, y cuentos como «El velo negro del pastor», de Nathaniel Hawthorne, pueden pensarse desde este concepto.
Obras de arte norteamericanas que tematizan lo ominoso
Sobre lo doméstico y su reverso siniestro:

Sobre lo opresivo de la esfera cotidiana:

Sobre los freaks y lo ominoso:

Bibliografía
Fiedler, Leslie. La tiranía de lo normal. Buenos Aires: Prometeo, 2024.
Freud, Sigmund: Lo siniestro. / Hoffmann, E.T.A.: El hombre de la arena. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Mandrágorazur, 2023.
Rank, Otto. El doble. Buenos Aires: Ediciones Orión, S/A.