Inicio 9 Enciclopedia 9 «El sujeto excepcional y el sujeto melancólico»

A fines de la década de 1910, el desarrollo de la teoría psicoanalítica había alcanzado un estado crucial para la sistematización de los fundamentos teóricos que serían su sustento para sus estadios ulteriores. Entre 1915 y 1916, Sigmund Freud focaliza su interés en el carácter patológico de ciertos tipos de individuos que manifiestan un grado de rechazo, bien por el mundo que los rodea o bien por su propia subjetividad. 

Una de las categorías que refiere a ese sentir es la melancolía patológica. Cualquier esbozo que podamos hacer con respecto a los sujetos melancólicos debe estar atravesado por su similitud con los individuos que atraviesan un duelo: al igual que el duelo, la melancolía se origina a través de la experiencia de una pérdida. El duelo, el cual Freud define como un “trabajo necesario” (1992: 243) para la liberación del deseo del yo, se trata de una reacción que puede ser explicada por motivos evidentes, no requiere de un tratamiento de forma necesaria debido a que no tiene un origen patológico sino natural. A través del examen de la realidad, el individuo asume de manera consciente la desaparición del objeto y retira su afecto de este, y completa un trabajo orientado de forma clara a la liberación del yo mediante la aceptación de la derrota frente a la pérdida fáctica. Por el contrario, la melancolía constituye una alteración patológica en la que el sujeto, si bien reconoce a quien ha perdido en términos prácticos, desconoce por completo qué es lo que se ha desvanecido dentro de sí mismo a causa de esa falta. Esta incertidumbre desata un trabajo de finalidad desconocida que, lejos de vaciar el entorno exterior como ocurre en el duelo, provoca una rebaja y un empobrecimiento sistemático del propio yo. El melancólico se sume en un delirio de insignificancia, abandona la pulsión de vida y manifiesta un malestar que es el reflejo de un profundo desagrado autorreferencial. En esta estructura ocurre una transgresión a la conciencia moral donde las críticas y la autopunición del paciente no van dirigidas a su persona individual, sino al objeto amado con el cual se ha identificado narcisistamente; así, todo lo rebajante que el sujeto expresa contra sí mismo es, en el fondo, un desquite contra el otro ausente con el que está destinado a compartir su destino. De este modo, mientras que el doliente procesa el dolor al declararse vencido por la realidad de la muerte o la separación, el sujeto melancólico queda suspendido en una parálisis trágica definida por una hostil ambivalencia entre el amor y el odio, atrapado en una multiplicidad de batallas perdidas donde le resulta imposible erigirse tanto en vencedor como en derrotado. 

Un año después, Freud dedica un breve ensayo respecto al carácter particular de los sujetos patológicos. En este sentido, los sujetos de carácter excepcional son definidos como aquellos sujetos que se consideran a sí mismos eximidos de cumplir con las leyes morales, el contrato social y lasrestricciones comunes debido a un daño, deformidad o sufrimiento previo que les fue infligido sin culpa propia por la naturaleza o el destino. 

En la literatura y los estudios literarios, esta condición subvierte el proceso convencional de maduración y adaptación psicológica también de los carácteres ficticios. Según Freud, este es un proceso que, en la temprana juventud y el abandono de la niñez, se da de un modo natural la capacidad de visualizar un principio de realidad a través del cual los placeres inmediatos pueden resultar perjudiciales para el individuo; es una capacidad que separa al carácter del adulto del de un niño. Sin embargo, el sujeto excepcional interrumpe esta transición porque se percibe como un acreedor de la vida debido a una injusticia original, que lo hace persistir en esa primera juventud. El ejemplo paradigmático de este dispositivo es la pieza teatral Ricardo III de William Shakespeare, en la Gloucester −el protagonista que deviene Ricardo III, el monarca−, de quien el texto afirma que ha sido cercenado de su belleza y con esa la posibilidad de surgir licencioso, al verse privado de los atributos que le permitirían participar de los placeres y códigos normales de su entorno, decide que las leyes comunes a los hombres son una mera cuestión de elección y asume el derecho de actuar con villanía y de exigir una compensación a través de la transgresión. 

Bajo esta aparente soberanía o rebeldía frente al entorno se esconde una fractura interna. En ella, existe una coincidencia estructural entre este tipo de personajes y el sujeto melancólico, advirtiendo que el origen de su desagrado por la sociedad está en un desagrado hacia sí mismo. La hostilidad, el odio o el rechazo que el sujeto excepcional vuelca hacia el mundo exterior no es más que la proyección externa de una insuficiencia interna intolerable que no puede procesar. Esta dinámica conduce inevitablemente a una transgresión a la institución de la conciencia moral, en la cual el personaje utiliza su herida fundacional como un escudo ético para liberarse de la culpa, lo cual justifica la destrucción de los lazos comunitarios bajo la premisa de que el orden universal ya ha pecado primero en su contra. 

Bibliografía

Freud, Sigmund. “Duelo y melancolía” en Obras completas XIV: Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trabajo sobre Metapsicología y otras obras (1914-1916). Buenos Aires: Amorrortu, 1992. 

Freud, Sigmund. “Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico” en Obras completas XIV: Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trabajo sobre Metapsicología y otras obras (1914-1916). Buenos Aires: Amorrortu, 1992.